A veces nos perdemos y somos incapaces de ver nada a nuestro alrededor. Simplemente la oscuridad nos engulle, nos envuelve y somos incapaces de encontrar el camino de vuelta.

En estos casos, tenemos dos opciones. Dejar que la negrura nos envuelva, aovillarnos y quedarnos ahí, en la apatía, la tristeza y la desesperanza. Con un poco de suerte caemos en una apatía que no duele, que nos anestesia y nos permite seguir viviendo sin sufrir demasiado, pero también sin alegría ni entusiasmo.
La otra opción es decidir salir de esa zona oscura y para ello nos movemos en busca de una salida que nos devuelva a la luz. Es en estos momentos, cuando la fuerza está en saber pedir ayuda, en buscar esa mano amiga que nos agarre y nos ayude a salir de allí.
Dejar que nos arropen y nos mimen, en momentos de bajón y vulnerabilidad, está bien. Esa es parte de nuestra naturaleza angelical: dar y recibir amor.

Somos ángeles de luz llenos de amor. Actuamos como antenas que captan las ondas del amor y que a su vez lo irradian amplificado. Ese es nuestro gran poder, la capacidad de transformar la energía oscura en amor e irradiarla al mundo.